jueves, 8 de julio de 2010

23. En la cresta de la ola

Más íntimo, más lejos y con música de fondo. Los asientos son de mimbre acolchado con cojines blancos y en el aire huele a incienso de canela.
Entramos juntos, solo falta entrar de la mano. Seguro que la gente que nos eche un vistazo dirá: “uy, qué pareja más mona”
-Qué sitio más bonito- le digo (estoy encantada)
-Sabía que iba a gustarte-
“Seguro que ha venido aquí con su mujer…joder ¿qué coño hago aquí?” pienso

Pedimos. No quiero pedir alcohol, por eso de que he de coger el coche, pero pienso que si estoy mal a la hora de coger el coche, dormiré la mona dentro, pero necesito un chute de alcohol…esto promete.
Sin saber como, terminamos sentados en el mismo sofá. Son esos sofás mega-gigantes que parecen de uno pero caben tres por lo menos. Nuestro lenguaje corporal está pegando un polvo impresionante, pero algo mantiene nuestros cuerpos sentados cómodamente “quietos”.

La conversación se hace más amena aún que en el anterior bar. Nuestros ojos se miran por dentro y mantenemos la mirada desafiante el uno con el otro. Mis piernas cruzadas bailotean nerviosas pero sinuosas y juego con la pajita de la bebida. Él aparentemente se muestra más tranquilo, hasta que aparece en escena aquella joven atrevida que se lanzó a su cuello aquel verano:
-Estaría bien que este sitio fuera más intimo, que tuviera como cortinas correderas y quedarnos aislados de las otras mesas-le digo sin apartar la mirada
-Vaya Ailis…me gusta, lo podemos proponer en la hoja de sugerencias al salir-lo noto incluso hasta nervioso
-¿Al salir? Podríamos comentárselo ahora, al camarero. Podríamos decirle si en el local tienen algún “privado”-
-¿Sí?- su gesto cambia por completo entre serio y emocionado. Y me hecho a reir a carcajadas.

La noche transcurre entre indirectas, frases con doble sentido, risas, recuerdos…por un momento me olvido de todo y me siento como aquella adolescente, sin topes ni ataduras.

Pagamos al cuenta, pues al mirar el reloj nos hemos llevado una sorpresa de lo tarde que es, para lo bien que nos lo estábamos pasando.
En el aparcamiento, frente a mi coche:
-Me lo he pasado muy bien-me dice
-Yo también…espero que no tengas ningún problema por lo tarde que es-mientras le hablo busco mis llaves en el bolso y apartando la mirada
-Todo controlado-
Cuando levanto la vista, da un paso hacia mí y me acorrala contra mi coche. Me tiene a dos milímetros de él. No dice nada, solo me mira con los ojos medio entornados, como si ya estuviera besándome, como esperando mi aprobación. Y me rindo, no puedo más…

Su cuerpo se abalanza más y más sobre el mío…y yo no me aparto (bueno además de que no puedo me está aprisionando contra mi “Opel”), en la mano balanceo mis llaves y como puedo pulso el botón de apertura automático, los intermitentes iluminan un poco aquel oscuro aparcamiento, en medio del campo. Y nos metemos dentro, como no, en la parte de atrás…
Mis manos se pierden por ese cuerpo de bombero, musculado, atlético, siento que me voy a morir allí mismo. Con gran habilidad, desabrocha mis pantalones y me quita la camiseta. Acaricia con devoción mis pechos con sus manos, su lengua, su boca…me falta el aire!
Y más lengua por todo, calor, caricias aprisionadas, besos ligeros, fuertes, ásperos, ardientes, a la vez que sinuosos, delicados, pausados.

-¿Tienes preservativos?-me susurra, rompiendo un poco “el momento” pero disparando de lleno. Rebusco por mi bolso y de un neceser los saco.
-¿Tienes de sabores?-bromea y se hecha a reir-Vas preparada eh! Jajajajajja-
-¡Caya!-le digo.
Y nos mantenemos cerca, muy cerca. Y no pienso, no existo en ese momento. Solo fluyo y me transformo. Habidamente llega el momento como dos adultos expertos en la materia que nos creemos. Me subo a la cumbre y comenzamos a surcar olas de deseo gigantes, hawaianas, espumosas, húmedas. Sus manos se transforman en doscientas, no deja rincón sin acariciar. Y las mias lo siguen, mejor dicho lo persiguen! La banda sonora son susurros, promesas fingidas, soplidos suaves, mordiscos, gemidos al unísono…sí, sí, siiiiii…..al unísono, increíble, qué perfección.
Cuando nos vestimos, es extraño, pero no me siento mal. No me siento como me pensaba que me iba a sentir cuando me lo imaginaba. No me siento sucia, ni fea por dentro ni mala persona. Considero que he cumplido con un sueño, llamémoslo así. Me iré a mi casa a sentir mi hogar, a sentir a mi pareja y a olvidarme de esa noche, en el buen sentido. La recordaré siempre como si la hubiera vivido aquel verano en el que sí estuvimos juntos y no como una guarrada para definirla como ponerle los cuernos a mi pareja. Esa que quiero y respeto, esa con la que decido volver y seguir amando a la luz del día y a lo largo de ellos y no agazapados en la parte de atrás de (mi) un coche…
Él no tiene porque saberlo. Ha pasado esta vez y no pasará ninguna más. ¿Y si me lo hiciera él a mí? Bueno, como no me enteraré y si va a ser solo una vez, será como si no hubiera sucedido.

Y de esto, que quede entre tú y yo…

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